miércoles, 3 de agosto de 2011

Amanita muscaria, el enteógeno primigenio (Muscimol)

La Amanita muscaria es el más popular y más bello entre todos los hongos. De sombrero rojo-escarlata, moteado con puntos blancos, y de pie blanco también, la A. muscaria, o matamoscas, es el hongo más llamativo a nivel visual y el que aparece en más cubiertas de libros sobre el mundo fúngico.
A pesar de que durante muchos años se lo ha considerado como un hongo venenoso, investigaciones etnomicológicas realizadas durante el siglo XX han sacado a la luz del día que esta seta ha representado –y representará- un papel muy importante en el devenir de la cultura y de la historia humanas. No sólo está íntimamente relacionada con ese mundo mágico de diminutos seres invisibles que habitan la naturaleza, los gnomos y los elfos, o con el reino secreto de las hadas, sino que a un nivel más macroscópico, sus propiedades enteogénicas han jugado un papel primordial en el mundo del chamanismo así como en la formación de importantes sistemas de creencias, como el hinduismo a partir de los Vedas.
  

Los nombres del hongo

La Amanita muscaria es el hongo de los mil nombres. Quizás el más popular de todos sea el de ‘matamoscas’, que se debe a la característica que tiene este hongo de atraer a estos insectos y fulminarlos con una notable facilidad. En castellano también se lo denomina como falsa oronja y oropéndola loca; en euskera como kuleto falsoa; y entre los catalanes, un pueblo especialmente micófilo, como reig bord, oriol foll, reig de fageda, reig tinyós, reig foll y reig vermell. 
Aunque pudiera pensarse que su nombre científico -Amanita muscaria- es la más moderna de sus acepciones, resulta que su etimología no lo es tanto. El término amanita es latino, y según algunos investigadores podría haber sido el término genérico para designar a nuestro hongo, mientras que muscaria, emparentado con el vocablo latino para nombrar a las mocas, podría encontrarse también en el griego clásico así como en el persa, quizás estando relacionados estos casos con el hongo en estudio.
 Y para remontarnos hasta sus tierras natales por excelencia, en Siberia, allí es conocido como muchumor o mukhomor, y en lo que se refiere al tronco común indoeuropeo, que se remonta a 6.000 años de antigüedad, su nombre es panx, que deriva de la misma raíz que la palabra para designar embriaguez.
  

Dime con quien andas y te diré quien eres

 La Amanita muscaria es famosa por crecer sólo en bosques en los que se encuentran determinados árboles, a saber: abedules, hayas, el pino negro y los abetos. Esto es así porqué el matamoscas crece en simbiosis con las raíces de estos árboles, lo que significa que necesita de unos nutrientes que sólo estos bosques pueden ofrecer. Esta simbiosis es el motivo que actualmente aun no se ha logrado hacer crecer la oropéndola loca en cultivos en interior preparados por el hombre.
 Como ya hemos comentado en el inicio de este artículo, la cutícula de la A. muscaria es de un llamativo rojo-escarlata sobre la que quedan unas características manchas blancas, remanentes del velo universal que envuelve el hongo en su juventud. Debido a las lluvias este color intenso escarlata puede descolorarse para presentar una tonalidad anaranjada, e incluso amarillenta, llegando a perder sus motas blancas debido a la misma lluvia. El pie del hongo –a veces llamado nariz popularmente-, es de un color blanco muy puro, con una base bulbosa y con un anillo membranoso que cuelga a media altura y que es nuevamente el resto del velo universal que lo protege en su juventud.
 En su primer estadio de crecimiento la A. muscaria tiene una forma esférica y siempre aparece envuelta por un velo blanquecino que cubre su llamativo rojo-escarlata; en este estadio de su desarrollo tiene unos 5 cm de diámetro. Al llegar a la madurez su sombrero puede alcanzar los 10-20 cm de diámetro, siendo la forma del caperuzón convexa y tornándose extendida (el centro del hongo está más hundido que los extremos) al llegar a la vejez. La altura es de unos 7-10 cm en los ejemplares que han recibido poca lluvia, hasta llegar a los 15 cm de los ejemplares más desarrollados.
 Las zonas del planeta donde se encuentra son anchas y variadas: de las estepas siberianas y gran parte del Asia septentrional, pasando por los bosques europeos desde Finlandia hasta llegar a los Pirineos y en la misma Grecia; en el continente Americano la encontramos en el norte, así como en México y Guatemala. Fructifica, como casi todos los hongos, en las épocas lluviosas de finales de verano y durante todo el atardecer, prefiriendo un clima ligeramente más frío que el resto de las setas.
 Para evitar confusiones fatales en su identificación, mencionaremos que su prima la Amanita phalloides, que tiene hepatotoxinas mortales, puede tener bastante parecido con la Amanita muscaria: a pesar de que crece en bosques de robledos y que la cutícula es de un color verde-oliváceo, el pie y las láminas son del mismo color blanco que la A. muscaria, es del mismo tamaño y al decolorarse por la acción de la lluvia puede presentar un color amarillento que puede llevar a confusión. La ingestión de la A. phalloides es la principal causa de envenenamiento por ingestión de hongos; sus efectos no se presentan hasta el cabo de unos tres días, cuando ya no es posible de encontrar un antídoto para remediar el daño causado al hígado (en caso de darse cuenta a tiempo de que erróneamente se ha ingerido este hongo venenoso, el mejor antídoto es ingerir semillas de una planta llamada Silybum marianum –en inglés milk thistle). 

Hongos y chamanes

El redescubrimiento occidental de las propiedades psicoactivas de la A. muscaria acontece a principios del s. XVIII. Fue en 1730 cuando F. J. Strahlenberg, confinado como prisionero en Siberia, observó el uso entre los koryak de la península de Kamchatka se consumía este hongo como vehículo embriagante. Este coronel metido a etnógrafo relató en un artículo seis años más tarde que el hongo era consumido para  fines lúdicos, seco y después remojado en infusión para después beber su jugo, al mismo tiempo que también observó una curiosa característica que más tarde sería de notable importancia para identificar el Soma, la planta sagrada de los Vedas hindúes, como la A. muscaria: los comulgantes en la embriaguez muscarínica ingerían sus propios orines para mantener el estado visionario durante varios días.
 Desde aquel entonces más relatos del uso de la muscaria fueron viendo la luz de forma esporádica hasta principios del s. XX, cuando la Revolución Soviética corrió el  primer telón de acero sobre lo que acontecía en esas comarcas a la vez que se afanó en purgar esa tierra de todo tipo de chamanes inconvenientes al buen avance de la Revolución. Estos relatos informaron tanto del uso lúdico de este hongo como su empleo como embriagante chamánico, para la realización de ceremonias de adivinación y curación, a pesar de que por esas fechas la europeización de la península y ya estaba empezada –y por consiguiente la aculturación de la zona y la desastrosa aparición de los alcoholes.
  

El hongo y el origen de las religiones

 Desde el punto de vista intelectual quizás la noticia más fascinante en relación a la A. muscaria es su identificación con el Soma védico, la planta sagrada de la literatura aria compilada hace 3.500 años en el Valle del Indo. Fue en 1968 cuando el eminente etnomicólogo R.G. Wasson puso sobre el adormecido tapete del mundo académico un trabajo que revolucionaría el campo de los estudios religiosos, al publicar el histórico libro Soma: el hongo divino de la inmortalidad. En este ensayo, que se encuentra entre los más citados en el mundo de la enteogenia, Wasson ofrece una verosímil y casi incontestable identificación botánica para este milenario misterio de la religión hindú: el soma era una ‘planta’ sin raíces y sin hojas, era un embriagante que llevaba a la comunión con los dioses (un enteógeno), era roja, relacionada con el dios del trueno y al mismo tiempo un dios a la vez que también era divino su jugo, crecía en las montañas pero alejada del Valle del Indo y los orines de una persona embriagada con ella servían para embragar a la vez a los demás comensales.
 Este estudio, junto con uno precedente, Rusia Mushrooms & History, llevaron a los Wasson a sugerir la hipótesis de que el hongo se encontraba en la base del origen de las religiones, al menos en lo que se refiere al hinduismo y también al mazdeismo, el sistema de creencias de los persas iranios, en cuya literatura también aparece una planta llamada haoma, de características parejas a las enumeradas en los Vedas hindúes.
 Como que el mundo védico y el avéstico quedan muy lejos a la cultura occidental, ofrecemos como botón de muestra dos referencias que sugieren que el uso de la A. muscaria en relación con el fenómeno religioso no anda tan alejado de nuestra propia cultura. Me refiero a la ubicación de dos frescos del arte románico (arte europeo y cristiano para más señas), en las que se ven claramente representaciones de nuestro hongo como el Árbol del Conocimiento, el árbol que origina el drama humano al principio del Libro del Génesis. Estas representaciones se encuentran en Plaincourault, en Francia, y en Vic, en Cataluña, y en ambas aparecen Adán y Eva, con la correspondiente serpiente merodeando al derredor, junto a un árbol cuya copa y ramas tienen la forma característica de un hongo, de color rojizo y moteado con puntos blancos.


Duendes, Elfos y Hadas

 Para descender del mundo celestial de los dioses a un nivel más terrenal, a ras de tierra, visitaremos ahora el mundo oculto de los gnomos, elfos y hadas madrinas, que según antiguas tradiciones orales europeas son los pobladores más antiguos de la tierra (y que hoy en día tienen cada vez más difícil su existencia debido al incipiente fenómeno de la deforestación).
 Como se puede observar en el magnífico libro de J.Mª Fericgla, El hongo y la génesis de las culturas, los hongos, y especialmente la A. muscaria, se encuentran íntimamente relacionados con este mundo mágico de los gnomos, esos seres diminutos y traviesos que aparecen en las tradiciones populares europeas y que generalmente habitan debajo de los hongos...  Lo mismo puede decirse del más poético mundo de las hadas, del reino de estos bellos seres delicados y acogedores, que habitan en los bosques colindantes a tantas y tantas poblaciones rurales europeas.
 Es el relato de Alicia en el país de las maravillas, de Lewis Carroll, el libro que más popular ha hecho esta relación simbiótica entre el mundo de los hongos y el mundo mágico de los personajes que viven en el mundo invisible de los bosques encantados... En uno de los pasajes de este inmortal libro, Alicia, su protagonista, ingiere pedacitos de un hongo que lleva en su bolsillo para disminuir de tamaño e introducirse en el mundo fantástico de unas ingeniosas creaturas con las que mantiene los diálogos más desconcertantes de la literatura europea. Y ciertamente, uno de los efectos psíquicos de la experiencia de la A. muscaria es la micropsia y la macropsia, o sea, el verse a sí mismo y a los objetos que le rodean a uno disminuir o crecer de tamaño de forma desmesurada !
 

Alquimia

 Durante muchos años se pensó que el principio activo de la A. muscaria era la muscarina, un alcaloide que provocaba síntomas de acaloramiento, molestias intestinales, desorientación y otros síntomas de poco agrado al paciente que la ingería; pero el caso es que este compuesto no producía en ninguna ocasión un tipo de experiencia visionaria. No fue hasta los años 60 en que de forma independiente se descubrió en Suiza y en Japón que el principio activo responsable de los efectos enteogénicos del hongo eran el ácido iboténico y el muscimol.  
Estos dos compuestos tienen una naturaleza realmente curiosa. La primera característica que los hace especialmente ‘particulares’ es que el muscimol pasa a través del organismo humano prácticamente inalterado, siendo expulsado en la orina casi en las mismas cantidades en las que se ingirió, particularidad que explica la costumbre siberiana de beber los orines de la persona embriagada, hecho que como ya hemos comentado permitió la certera identificación del matamoscas como el Soma del RgVeda.  
La segunda característica particular de estos compuestos es que el ácido iboténico, al desecarse el hongo, se convierte por descarboxilación en muscimol, que es más estable, más potente a nivel de psicoactividad, y que en el hongo fresco se encuentra en proporciones más reducidas. De esto se sigue que el uso del matamoscas para finalidades enteogénicas se realice ingiriendo hongos secos, puesto que contienen una cantidad más notable de principio activo. A nivel de dosificación, un hongo de tamaño o dos de tamaño medio suele ser lo habitual, aunque se han reportado experiencias de gran intensidad tan sólo con la ingesta del sombrero de tamaño medio-pequeño. Aquí conviene extremar la precaución, puesto que aunque tan sólo se conoce un envenenamiento mortal debido a la ingestión de nuestro hongo, sustos evitables se han producido por ingerir cantidades excesivas de sombreros debido a la falta de psicoactividad –o a su retardo en presentarse-. También comentar que en caso de acudir a centros hospitalarios debido a un susto por intoxicación con A. muscaria, debería dejarse clara la naturaleza del caso y hacer constar que la atropina, fármaco generalmente recetado en caso de envenenamiento por hongos, es totalmente contraindicado ya que si bien contrarresta los efectos de la muscarina, potencia grandemente los del muscimol y el ácido iboténico.
  

Viajes a través del universo del alma

 Existe actualmente una notable controversia sobre la psicoactividad o potencia de las oropéndolas locas que crecen en los bosques europeos. Esto es debido a que muchas veces, personas que han probado este hongo no han obtenido una experiencia enteogénica, o en todo caso sólo han notado leves síntomas de somnolencia, fuerza física, o una ensoñación más nítida durante el sueño de la noche. No se sabe si es debido al régimen de lluvias, a las temperaturas, a su proximidad con los árboles con los que viven en simbiosis, a la edad de los hongos recolectados, a las radiaciones solares o a los nutrientes de la tierra, pero es común el pensar que los ejemplares que crecen a menos de 1.000 metros de altura carecen de psicoactividad, mientras que los ejemplares recolectados a más de 2.000 metros presentan características embriagantes más respetables.
Sea como fuere, y aunque en el 90% de las experiencias de las que tengo conocimiento las expectativas distaron mucho de los resultados, en varias ocasiones puntuales la intensidad de los efectos de la A. muscaria han sido tales que puede considerarse que el hongo operó a la inversa de los otros casos frustrados. Mi propia experiencia es que las vivencias acontecidas bajo la influencia de la A. muscaria pueden ser de una intensidad tan grande como la proporcionada por una de las sustancias más potentes conocidas: la 5-Meo-DMT –otro enteógeno legal, posiblemente porqué su reducido uso no ha llamado la atención de las autoridades.
 En los casos afortunados en los que la experiencia se manifiesta, los efectos pueden demorar hasta unas dos horas y media en presentarse, cosa que supone el primer sobresalto a la persona acostumbrada a otros enteógenos, de efectos más inmediatos. Y para seguir dibujando otra de tantas particularidades de este hongo, advertir que los efectos pueden manifestarse súbitamente, pasando de un nivel de consciencia ordinario a otro profundamente embriagado en tan sólo cinco minutos! Por si esto fuera poco los efectos de la A. muscaria pueden constar de varias fases, a diferencia nuevamente del resto de enteógenos. Aunque no suelen presentarse todas ellas en cada experiencia efectiva, por orden de sucesión son: sensación de euforia, como si se hubiera tomado un estimulante, pero decantándose el ánimo básicamente a la jovialidad y la vitalidad; cantar, conversar o salir zumbando entre los árboles del bosque más próximo. La segunda fase es la que es conocida por la creación del imaginario colectivo referente a los gnomos, esas fierecillas traviesas que viniendo de los bosques penetran en las casas para hacer de las suyas... La tercera fase corresponde a la imaginería propiamente enteogénica, con experiencias de contenido espiritual y místico; esta tercera fase puede ir acompañada de una intensa sensación de sueño, que no vence ni el más potente estimulante, y que puede resultar en que la mayor parte del ‘viaje’ quede sepultado en la memoria del psiconauta –recordando este tan sólo las primeras fases y la última al despertar de su profundo sueño. De todas estas observaciones, y del comportamiento imprevisible, alocado y desconcertante del psiconauta, se sigue la necesidad de disponer de una persona de confianza y con experiencia en caso de realizarse la experiencia, así como recordar la frase de R.G. Wasson: ‘Si no estás seguro de querer probarla, déjalo para otra ocasión’ –siempre habrá tiempo para ello-.
 El viaje con la A. muscaria puede durar de cuatro a seis horas, sin contar la fase inicial de espera a que los efectos empiecen a manifestarse. La naturaleza de la experiencia, comparada por ejemplo con la de los hongos psilocibínicos, es más arcaica a la vez que imprevisible, menos cálida pero más sorprendente, menos civilizada y a la vez que más impactante.
http://www.imaginaria.org/muscaria.htm


Une charogne, Charles Baudelaire

Una carroña

Recuerdas el objeto que vimos, mi alma,
Aquella hermosa mañana de estío tan apacible;
A la vuelta de un sendero, una carroña infame
Sobre un lecho sembrado de guijarros,

Las piernas al aire, como una hembra lúbrica,
Ardiente y exudando los venenos,
Abría de una manera despreocupada y cínica
Su vientre lleno de exhalaciones.

El sol dardeaba sobre aquella podredumbre,
Como si fuera a cocerla a punto,
Y restituir centuplicado a la gran Natura,
Todo cuanto ella había juntado;

Y el cielo contemplaba la osamenta soberbia
Como una flor expandirse.
La pestilencia era tan fuerte, que sobre la hierba
Tú creíste desvanecerte.

Las moscas bordoneaban sobre ese vientre podrido,
Del que salían negros batallones
De larvas, que corrían cual un espeso líquido
A lo largo de aquellos vivientes harapos.

Todo aquello descendía, subía como una marea,
O se volcaba centelleando;
Hubiérase dicho que el cuerpo,
inflado por un soplo indefinido,
Vivía multiplicándose.

Y este mundo producía una extraña música,
Como el agua corriente y el viento,
O el grano que un cosechador con movimiento rítmico,
Agita y revuelve en su harnero.

Las formas se borraron y no fueron sino un sueño,
Un esbozo lento en concretarse,
Sobre la tela olvidada, y que el artista acaba
Solamente para el recuerdo.

Detrás de las rocas una perra inquieta
Nos vigilaba con mirada airada,
Espiando el momento de recuperar del esqueleto
El trozo que ella había aflojado.

—Y sin embargo, tú serás semejante a esa basura,
A esa horrible infección,
Estrella de mis ojos, sol de mi natura,
¡Tú, mi ángel y mi pasión!

¡Sí! así estarás, oh reina de las gracias,
Después de los últimos sacramentos,
Cuando vayas, bajo la hierba y las floraciones crasas,
A enmollecerte entre las osamentas.

¡Entonces, oh mi belleza! Dile a la gusanera
Que te consumirán a besos,
Que yo he conservado la forma y la esencia divina
De mis amores descompuestos.

Charles Baudelaire (1821-1867)

viernes, 23 de abril de 2010

lunes, 18 de mayo de 2009

De Mi alma se la dejo al diablo

“Mucho antes de que él naciera, mi padre era un hombre pobre pero un día alguien le dijo que podía comprar con mucha facilidad una finca abandonada que vendía el gobierno en Restrepo. Y nos fuimos para allá; no había casa, no había potreros. Sólo monte y maleza, pero mi padre decía que era la mejor tierra del país. Él levantó allí un rancho y un señor que vivía muy lejos (tal vez a unas tres horas caminando), nos regalaba plátanos y nos prestaba un caballito para traerlos. Con el trabajo y con el tiempo, el viejo convirtió esas noventa hectáreas en una finca cafetera, en plena zona andina, con caballos, con ganado propio, con cerdos con mucha abundancia. Entonces cada uno de nosotros tuvo un caballo y como éramos bastantes él hizo construir una escuela al lado de la casa paterna y le hizo a la maestra su alcoba, su cocina, su sala independiente. Allí aprendimos a leer y como a mí me gustó mucho el estudio, me mandaron a Buga a hacer el bachillerato.
“Tenía que ser 1949 o 1950, no recuerdo bien, y mi padre me mandó a decir que no volviera al campo en esas vacaciones porque allá estaban asesinando a los hombres y violando a las mujeres. Claro, hombres y mujeres y niños de un solo color político. Era el comienzo de La Violencia, pero yo no podía comprender bien qué era eso porque había crecido en un ambiente de paz.
“Unos días después comenzaron a llegar noticias al colegio que del lado de Salónica, de Ceilán, de Betania habían matado a familiares de algunas de las niñas que estudiaban conmigo. Que les habían arrancado la cabeza, que les habían arrancado los brazos antes de morir y que a otros les quemaban las casas y que todas las familias se venían para la ciudad… Tal vez la primera imagen real que tuve de esa violencia fue un día que salimos del colegio y vi que en la plaza principal había muchas familias sentadas en el suelo, con maletas, con algunas gallinas o perros, con niños, con mujeres, con viejos y con viejas. Ahí. Abandonados. ‘Que llevan varias noches durmiendo a la intemperie’, dijo una profesora y yo le pregunté por qué: ‘Porque estamos en violencia’, respondió.”
Se conoce por La Violencia toda una década de terror a partir de 1948, en la cual murieron, según historiadores como Fals Borda, Guzmán Campos y Umaña Luna, tantos hombres como en la guerra de Corea.
En Colombia se nace conservador o se nace liberal y esta filiación político-partidista —en un país enfermo y desnutrido— ha sido, no obstante, la causa principal de mortalidad durante el último siglo y medio.
Durante La Violencia, diariamente morían centenares de seres por causa de su color político, o al menos eran despojados de sus bienes, apaleados, desterrados en forma sangrienta. Pero los dirigentes que los lanzaron a este carnaval de atrocidades, no derramaron ni una sola gota de sangre. El aporte lo hicieron principalmente los campesinos.
Durante La Violencia, la historia de Colombia se partió irremediablemente en dos y sus consecuencias fueron tan profundas que la misma vida de los matrimonios campesinos se alteró hasta el punto de ser difícil para el hombre convivir íntimamente con su mujer.
Judith: “Aunque mi padre había ordenado que no saliera del colegio, antes de terminar esas vacaciones me fui para Volcanes —así se llamaba nuestra vereda— pensando en mi familia. Y encontré… encontré, Dios mío, una cosa tan diferente a lo que había dejado cuando me vine para el colegio… Mi papá vivía en un cuarto (atrás de la casa) con los hombres y mi mamá, aparte, como dos desconocidos, en otro cuarto con las niñas. Él no podía salir ya a darle vuelta a los animales, al cultivo de café todo el día en la casa. Y las noches eran aterradoras; dormíamos en el corredor algunas veces, otras —según las noticias que llegaran— entre los matojos del jardín. Unos dormían y otros vigilaban, esperando a que vinieran a matar a mi papá y a los muchachos, que no eran del partido político que estaba gobernando.
“En ese momento Benjamín estaba muy pequeño. Me parece verlo: rubio, semidesnudo porque se quitaba la ropa y con la cara un poco sucia porque jugaba con cuanto encontraba en el suelo. Era el menor y me quería mucho, de manera que me convertí en su niñera. Cómo son las cosas apenas caminaba y ya sus juguetes eran palitos, ramas de árboles, pedazos de muebles viejos que manejaba como revólver o fusil. Así de rápido prendió la violencia en Volcanes.
“El primer momento de angustia también está vivo aquí en mi cabeza: atardeció y, como siempre que dormíamos adentro de la casa, nos encerramos temprano y trancamos bien las puertas. Mi mamá le había prendido unas seis velas a los santos y tratábamos de dormirnos cuando sentimos atrás (la casa tenía allí un barranco y por debajo pasaba una quebradita), sentimos el tropel sobre el puente y mi madre dijo: ‘hijitas mías, nos van a matar’. Se puso de pie y nos abrazó a todas. Yo saqué a Benjamín de su cama y lo abracé, lo abracé muy fuerte y abracé a mi madre y Eunice corrió para el altar y sopló las velas y volvió a donde estábamos todas y también nos abrazó. Mi padre estaba con los muchachos en el cuarto de atrás. No sé si escuchó algo porque mi madre hablaba en voz baja y nosotras llorábamos muy bajito. Estábamos allí en el centro del cuarto cuando golpearon en la puerta, pero no nos atrevimos a movernos, volvieron a golpear más duro y entonces mi madre nos dejó un segundo y abrió la puerta. Yo caminé con ella, llevando en brazos a Benjamín que también lloraba bajito porque nos escuchaba a nosotras. Afuera había cuatro hombres y uno me ordenó que trajera una vela. La traje y cuando prendió el fósforo para encenderla sentí que me miró y dijo: ‘A esta Judith sí le da miedo, ¿no?’ era gente conocida pero del otro partido político, criminales con los machetes y algunas armas en la mano. Ellos revisaron las camas, fueron al cuarto de los hombres, los despertaron, los miraron bien. Esperábamos que los mataran y entonces lloramos mucho más. Pero no dijeron nada. Revisaron más, miraron debajo de las camas y salieron sin hablar nada: buscaban a Joaquín Gómez un amigo de mi padre que había dormido allí la noche anterior, desterrado de su casa. Joaquín estaba en una lista y le había llegado la hora. Había cometido el pecado de ser del mismo parido político de su familia. Era un hombre sano y tenía su casa y una tienda frente a la casa de nosotros y se salvó porque esa noche había dormido entre el horno de hacer la panela. Al día siguiente madrugó y se fue por las montañas para otro sitio, dejando todo, absolutamente todo abandonado: la tierra, la casa, los animales. Se fue con lo que tenía puesto y nunca más pudo regresar a Volcanes.
“Ese es el primer recuerdo porque a partir de ese momento ya no hubo día de paz. Para finalizar esa misma semana mataron a Joel Torres, un niño de diez años que era retardado mental. Al que buscaban era a Leonel, su hermano de trece, pero como no lo encontraron, mataron al bobito. Dijeron que de todas maneras era hijo de un ateo.
“Pasó el tiempo y Benjamín fue creciendo con ese miedo y con ese pavor que uno sentía a toda hora. Cuando tenía unos seis años llegó una tarde a la casa pálido, temblando. Los enemigos lo habían visto jugando y, él que no le hacía mal a nadie porque era un niño, dice que se le vinieron y pensó que lo iban a matar. Pues claro: lo persiguieron con los revólveres en la mano y como era un conejo se les perdió por entre las matas de guadua, saltó a un río, nadó, salió al otro lado y corrió para la casa. Nos dijo que le gritaban que por ser hijo de Elías Cubillos, tarde o temprano iba a morir.
Unas semanas después sentimos que subieron hasta la casa de Everardo Casallas y le golpearon en la puerta unas cuantas veces y como no la abría, la tumbaron. Lo sacaron amarrado con una soga adelante y otra atrás y ellos a caballo. Llegaron con él hasta un barranco al lado del río frente a una finca que se llama El Bosque y allí lo golpearon y lo golpearon hasta que murió y luego lo tiraron por un peñasco. Al día siguiente, Víctor Arias, el mayordomo de esa finca, dijo que cómo le iban a dejar a ese muerto ahí. Entonces volvieron y lo enterraron un poco más abajo, pero vino una tempestad y el río creció y se trajo el cadáver que quedó frente a la finca de nosotros, tapado con la arena de la playa, pero con una pierna afuera, que comenzó a brillar con el sol. Benjamín bajó a mirar qué era el reflejo y volvió impresionado. Casallas era otro buen hombre, propietario —como los demás—, de una bonita finca cafetera.
“Después de Everardo le tocó el turno a Mario Cifuentes. Él había logrado huir y vivía en Tuluá, pero a los dos años resolvió volver a la vereda y llegó en silencio a su finca. Esa tarde vino un niño a lo nuestro y dijo que don Mario iba a dormir allá esa noche y que le prestáramos una escopeta. Recuerdo que le dijimos —como si ya estuviéramos acostumbrados a estas cosas— que después que uno estuviera en la lista, no valía tener todas las armas del mundo. De todas maneras le prestamos la escopeta. Al otro día de mañanita volvió el niño a devolverla y dijo: ‘A don Mario lo mataron y ni siquiera pudo tocarla. Estaba en el corredor y llegaron ‘ellos’ a que les diera candela para prender sus cigarrillos, cuando él intentó sacar los fósforos, lo mataron a balazos.’
“Así fueron cayendo, uno a uno, los hombres más trabajadores de la vereda. Los que tenían las fincas cafeteras más bonitas, los que eran del partido nuestro. Cuando no los asesinaban en las fincas durante las horas de la noche, los mataban en el pueblo el día domingo. Para nosotras era entonces corriente salir de misa y encontrar un cadáver en la plaza… No se me olvida la muerte de Juan Porras, porque nosotros la vimos en compañía de Benjamín que se impresionó mucho y se puso a llorar: veníamos de la iglesia y vimos que un que un hombre cruzaba corriendo y tres lo perseguían. Era Juan que ya iba herido de un balazo bajito en el estómago y no hallaba dónde esconderse. Entonces vio libre la puerta del bar del padre Nelson Guerrero García, el cura párroco, y allí se metió. El padre García en persona fue, pero no a protegerlo sino a hacerlo salir de allá. El hombre dijo entonces: ‘Ay, Virgen del Carmen, favoréceme’ y los otros le dijeron: ‘Aquí es donde te vas a favorecer, ateo’, y lo sacaron a patadas, lo arrastraron para el centro de la plaza y lo picaron con un machete. Benjamín me dijo después que nunca en su vida pudo olvidar aquella escena. Aquella y aquellas, porque fueron muchas.
“Mi padre tenía entonces dos fincas y resolvió vender porque nosotras ya éramos señoritas y él vivía muy angustiado por el peligro que corrían las mujeres. Eso y el clima de tensión, de zozobra, lo habían aburrido y con mi madre tomaron la decisión de irnos de allí. En esos años, los únicos que compraban tierras, baratas, regaladas desde luego, porque ese era el negocio, eran los del otro partido. Y no había nada que hacer: morir o venderles. Entonces le salió comprador rápido, un tal Epistasio Restrepo, quien le ofreció diez mil (la finca valía diez veces más) y le pagó tres mil, quedando el resto para saldarlo quince días después.
“Mi padre nos dijo que con ocho mil compraba una casita en otro lado y algo nos poníamos a hacer, pero que era urgente salirnos de allá. Pasaron unos días y cuando se acercaba la fecha de cobrar la plata restante, fíjese bien, vinieron a avisarnos que había fiesta en casa de los “Z”, que eran los cabecillas de la gente que asesinaba y desterraba. La primera reacción fue no ir… pero si no íbamos, también era malo. Esa noche mi padre soñó que estaba nadando en una laguna y que se había ahogado. Por la mañana, día de la fiesta, me contó el sueño y le dije: ‘Papacito, eso significa muerte.’ Estábamos en eso cuando llegaron varios caballos bien ensillados que mandaban los “Z” y tuvimos que irnos. Una vez allá, mi madre y nosotras no dejamos que mi padre bebiera, a pesar de que había mucho trago, mucha comida, música. Los músicos eran parientes del dueño de la casa: Celio, don Manuel y Moncho… La fiesta había comenzado a las tres de la tarde de un jueves y como a las cuatro de la mañana del viernes mi padre empezó a tomar y a las seis nos dijo que viniéramos con mi madre. Él se trepó en las ancas del caballo de uno de los “Z” y se bajó para el pueblo. Permaneció bebiendo con ellos todo el sábado y ya bien tarde mandó la carne de la semana con Noel y Benjamín que habían bajado, y siguió bebiendo. A las siete de la noche, Héctor Tangarife, mi padrino, lo vio con ‘ellos’ en una cantina y lo sacó. Se lo llevó para su casa, pero como a las cuatro de la mañana lo buscaron y se lo llevaron a seguir bebiendo. La verdad es que, ya amaneciendo el domingo, una señora que vivía frente a la cantina oyó por la ventana, la voz de mi padre que decía: ‘Por favor, yo les pido que si me van a matar me maten aquí mismo pero no me vayan a botar al río. Quiero que mis hijos me vean una vez más, aunque sea muerto.’ La señora dice que lo vio salir unos segundos después con la mano en el pecho. La otra la puso sobre una piedra untada de sangre y dijo: ‘Lo mataron’. Mi viejo estaba ahí cuando pasaron los hijos de don Joaquín Sarta, unos niños, y le dijeron: ‘Don Elías, venga lo ayudamos porque usted está muy borracho.’ Él levantó una mano para dársela y vieron que le salía un chorro de sangre del pecho. Fue una puñalada en el corazón.
“Nos avisaron y llegamos con Benjamín, que se transformó totalmente. Parecía otro niño allí parado frente al cadáver de mi papá. Alguien corrió a buscar al padre Nelson Guerrero García, el mismo cura párroco que llegaba a la finca con frecuencia y le entregaba a mi padre una tarjeta escrita por él mismo, donde decía que Elías Cubillos era padrino del Sagrado Corazón y de la Santísima Virgen. Cuando mi padre leía la tarjeta, mandaba traer un caballo y lo cargaba con café, fríjol, maíz, quesos, huevos, pollos. Algunas veces el padre Guerrero se venía con dos caballos bien cargados. Pero ese día que murió, ya no era padrino del Sagrado Corazón de Jesús ni de la Virgen María del pueblo. El padre Guerrero le dijo a quien había ido a avisarle que Elías Cubillos necesitaba los Santos Óleos: ‘A ese ateo no se le suministra nada.’ (El padre Guerrero también era del otro partido político).
“A los tres días por fin dieron permiso las autoridades y lo enterramos pero en Tuluá, bien lejos del pueblo, porque allá los familiares no corríamos peligro y los amigos podían ir al cementerio. Es que a uno lo mataban y ni siquiera tenía paz el día del entierro.
“A mi papá lo enterraron al tiempo con don Antonio Moreno a quien asesinaron a las once de la mañana del mismo domingo en el pueblo. Moreno era vecino de nosotros y vivía en la finca de su suegro, don Custodio Quiceno, que a su vez había sido asesinado unos meses atrás.
“Ese año se vino una cosecha de café muy grande y no había quien saliera al campo a recogerla; entonces venían los del otro lado y se llevaban, obligados, con revólver en la espalda, a los hermanos mayores para que ellos cogieran el café en las fincas de los muertos y de los que habían huido:
“Comenzaron por la de don Antonio Moreno, pasaron a la de doña Rosario Sánchez, viuda de marido asesinado, que se había ido detrás de sus hijos porque los hicieron huir. Esa finca pasó a manos de uno de los que mató a su esposo y ahuyentó a sus hijos… Después pasaron a trabajar a la finca de don Juan Marín que huyó también y que lo amenazaron, se quedaron no sólo con el café sino con las tierras. Don Juan no pudo volver por allá.
“Durante esa cosecha hicieron trabajar muy duro a mis hermanos y cuando acabaron les dijeron que agradecieran hijos de… que les perdonaban la vida. Se llevaron el café para el pueblo y lo vendieron caro, porque ese año subieron mucho los precios. Fue lo que llaman una ‘bonanza’. Pero esa bonanza de los precios fue lo peor porque la pagamos con más sangre.”
—¿Cómo?
—Pues al subir los precios del café, las tierras suben también de precio y son más apetecidas y entonces había que matar campesinos para tener más tierras y coger más café para ganar más plata. ¿Me entiende? Eso era lo que llamaban bonanza cafetera,
“Muerto mi padre y perseguidos mis hermanos, había que salir de allí y abandonamos la finca. El que la compró se quedó con ella sin firmar nada… Mire: el único papel que se firmó en ese negocio fue el acta de defunción de mi padre.
“¿Para dónde cogíamos? Ese era el problema de todos. Para la ciudad. Para Tuluá a la casa de Efraín Bernal, un señor que también había perdido sus tierras en Volcanes, porque lo desterraron una noche. Allí nos acomodamos todos en una pieza, pero la situación era muy difícil porque mis hermanos no sabían hacer nada en la ciudad: estaban acostumbrados a mandar y a dirigir a los trabajadores de la finca.
“Eso nos obligó a volvernos, esta vez para Las Nieves, la segunda finca, pero unos días después de llegar, Eunice, mi hermana, que era casada con uno de los del otro lado, nos mandó a avisar que huyéramos porque esa noche iban a venir a matarnos. Cuando llegó la razón, cada uno cogió el poquito de ropa que pudo y salimos a escondernos en los cafetales. Yo estaba esperando a mi primera hija y allá amanecimos. Esa noche escuchamos la balacera y por la mañana, Oliva, mi cuñada, se fue y llamó al ejército. Vino una patrulla bien armada y nos escoltaron hasta el pueblo. De ahí nos repartimos para diferentes ciudades. Se desbandó la familia por grupos, pues cada cual buscaba un pariente, un amigo, un vecino que viviera lejos para irse detrás. Yo me llevé a Benjamín que debía tener entonces unos doce años.
“Mi madre, sin esposo, sin los hijos, sin nada, materialmente sin nada, enfermó. Los médicos la veían y no le encontraban nada: era la pena moral que la estaba acabando poco a poco, hasta que la mató.
“Ese tiempo vivimos con dinero que nos prestaba Víctor Arias, el cuñado, que es del otro partido. Él se debió cansar de prestarnos plata y dijo que la única solución era que le vendiéramos la finca. Y se la vendimos por mucho menos de lo que valía. Pero cuando se hizo el negocio ya era suya por lo que le debíamos. Quedaba un saldo y nos firmó letras de 1.800 pesos. A los pocos días le vendí la mías a él mismo por 500. Necesitaba dinero de verdad.
“Después de esto vino la desbandada para estas selvas donde hoy vivimos la mayoría de nosotros… Yo no sé… Benjamín fue un rebelde por todo esto que le tocó vivir. Es que, fíjese que desde pequeño sufrió mucho y padeció mucho la política. Entonces creció con un odio terrible por todo lo que fuera injusticia, por todo lo que fuera atropellar a los demás. Yo creo que era un hombre bueno. Sí. ¡Mi hermano era un hombre bueno!”

domingo, 3 de mayo de 2009

NUESTRO PRIMER A H1 N1


Visto la ruana. Como muchos otros colombianos estoy temblando, no sólo por el frío que caracteriza muchas de nuestras ciudades, como Zipaquirá donde se aloja el primer caso confirmado de gripe porcina en el país, sino también por la escasa creencia que tiene el Gobierno cuando se requiere de franqueza ante diversas situaciones críticas, como esta.
Ahora tenemos otro motivo de orgullo nacional, el primer país sudamericano en confirmar la existencia de la pandemia; y claro el ministro Diego Palacio Betancur a manera de palmadita en la espalda dice que esto apenas es una confirmación de lo que ya había vaticinado la OMS. Pero no reconoce que no hay en el país tan siquiera un laboratorio para analizar las muestras y tampoco dice a dónde se debe recurrir, apenas comunica unas líneas telefónicas (una para Bogotá y otra para el resto del país) a las cuales llamar en caso de duda o sospecha aclarando, que por favor no llamen mucho proque seguramente estarán congestionadas.

Como hace buen tiempo, el presidente prefiere no dar la cara a pesar que tiene al menos un canal dedicado a hacerse propaganda a lo largo de los extensos consejos comunitarios. ¿Cuánto cuesta el montaje de cada uno? y ¿Cuánto cuesta la transmisión en directo de 8 o más horas de Tv? Esta vez le correspondió al escandaloso —no precisamente por lo que dice— ministro de salud Palacio dar la cara a los medios, y rodeado de su séquito confirmó que lo inevitable ya era un hecho; teníamos el primer caso de la pandemia en Colombia. Otros tantos posibles casos están en estudio y no hay motivo para alarmarse.

Recuerdo que hace unos días lo entrevistaba Yamid Amat y decía que no había motivo de alharaca por parte de los medios porque "eso se puede tratar como una gripita en casa". Lo que me estremece es la certeza de saber que algo más se esconde en el fondo de esta realidad que cada día alarma al país. No hay tiempo para tomar conciencia sobre lo que pasa y en poco seguramente nos van a salir con otra gran verdad a medias: que el ministro no sabía, que el funcionairo no le dijo, que esa no es enfermedad cubierta por las EPS, que sí sabía pero que no se podía porque afectaría a la economía nacional, que un funcionario no dijo lo que pasaba, en fin cuanta inaudita sorpresa nos guarda en su sagrado corazón el gamonal que acaba de ofrendar al Papa unas mancuernas con incrustaciones de ónix.

jueves, 30 de abril de 2009

miércoles, 18 de marzo de 2009

FIESTEROS POR LA PAZ

UN TEMA TREMENDO QUE DEJA MUCHAS IDEAS DESDE EL FOLCLOR CAMPESINO, PORQUE NO SÓLO APORTAN LA PAPITA Y EL ARROZ
CLARO LAS IMAGENES NO SON DE ELLOS




LOS FIESTEROS DE BOYACÁ
PLEGARIA POR LA PAZ