“Mucho antes de que él naciera, mi padre era un hombre pobre pero un día alguien le dijo que podía comprar con mucha facilidad una finca abandonada que vendía el gobierno en Restrepo. Y nos fuimos para allá; no había casa, no había potreros. Sólo monte y maleza, pero mi padre decía que era la mejor tierra del país. Él levantó allí un rancho y un señor que vivía muy lejos (tal vez a unas tres horas caminando), nos regalaba plátanos y nos prestaba un caballito para traerlos. Con el trabajo y con el tiempo, el viejo convirtió esas noventa hectáreas en una finca cafetera, en plena zona andina, con caballos, con ganado propio, con cerdos con mucha abundancia. Entonces cada uno de nosotros tuvo un caballo y como éramos bastantes él hizo construir una escuela al lado de la casa paterna y le hizo a la maestra su alcoba, su cocina, su sala independiente. Allí aprendimos a leer y como a mí me gustó mucho el estudio, me mandaron a Buga a hacer el bachillerato.
“Tenía que ser 1949 o 1950, no recuerdo bien, y mi padre me mandó a decir que no volviera al campo en esas vacaciones porque allá estaban asesinando a los hombres y violando a las mujeres. Claro, hombres y mujeres y niños de un solo color político. Era el comienzo de La Violencia, pero yo no podía comprender bien qué era eso porque había crecido en un ambiente de paz.
“Unos días después comenzaron a llegar noticias al colegio que del lado de Salónica, de Ceilán, de Betania habían matado a familiares de algunas de las niñas que estudiaban conmigo. Que les habían arrancado la cabeza, que les habían arrancado los brazos antes de morir y que a otros les quemaban las casas y que todas las familias se venían para la ciudad… Tal vez la primera imagen real que tuve de esa violencia fue un día que salimos del colegio y vi que en la plaza principal había muchas familias sentadas en el suelo, con maletas, con algunas gallinas o perros, con niños, con mujeres, con viejos y con viejas. Ahí. Abandonados. ‘Que llevan varias noches durmiendo a la intemperie’, dijo una profesora y yo le pregunté por qué: ‘Porque estamos en violencia’, respondió.”
Se conoce por La Violencia toda una década de terror a partir de 1948, en la cual murieron, según historiadores como Fals Borda, Guzmán Campos y Umaña Luna, tantos hombres como en la guerra de Corea.
En Colombia se nace conservador o se nace liberal y esta filiación político-partidista —en un país enfermo y desnutrido— ha sido, no obstante, la causa principal de mortalidad durante el último siglo y medio.
Durante La Violencia, diariamente morían centenares de seres por causa de su color político, o al menos eran despojados de sus bienes, apaleados, desterrados en forma sangrienta. Pero los dirigentes que los lanzaron a este carnaval de atrocidades, no derramaron ni una sola gota de sangre. El aporte lo hicieron principalmente los campesinos.
Durante La Violencia, la historia de Colombia se partió irremediablemente en dos y sus consecuencias fueron tan profundas que la misma vida de los matrimonios campesinos se alteró hasta el punto de ser difícil para el hombre convivir íntimamente con su mujer.
Judith: “Aunque mi padre había ordenado que no saliera del colegio, antes de terminar esas vacaciones me fui para Volcanes —así se llamaba nuestra vereda— pensando en mi familia. Y encontré… encontré, Dios mío, una cosa tan diferente a lo que había dejado cuando me vine para el colegio… Mi papá vivía en un cuarto (atrás de la casa) con los hombres y mi mamá, aparte, como dos desconocidos, en otro cuarto con las niñas. Él no podía salir ya a darle vuelta a los animales, al cultivo de café todo el día en la casa. Y las noches eran aterradoras; dormíamos en el corredor algunas veces, otras —según las noticias que llegaran— entre los matojos del jardín. Unos dormían y otros vigilaban, esperando a que vinieran a matar a mi papá y a los muchachos, que no eran del partido político que estaba gobernando.
“En ese momento Benjamín estaba muy pequeño. Me parece verlo: rubio, semidesnudo porque se quitaba la ropa y con la cara un poco sucia porque jugaba con cuanto encontraba en el suelo. Era el menor y me quería mucho, de manera que me convertí en su niñera. Cómo son las cosas apenas caminaba y ya sus juguetes eran palitos, ramas de árboles, pedazos de muebles viejos que manejaba como revólver o fusil. Así de rápido prendió la violencia en Volcanes.
“El primer momento de angustia también está vivo aquí en mi cabeza: atardeció y, como siempre que dormíamos adentro de la casa, nos encerramos temprano y trancamos bien las puertas. Mi mamá le había prendido unas seis velas a los santos y tratábamos de dormirnos cuando sentimos atrás (la casa tenía allí un barranco y por debajo pasaba una quebradita), sentimos el tropel sobre el puente y mi madre dijo: ‘hijitas mías, nos van a matar’. Se puso de pie y nos abrazó a todas. Yo saqué a Benjamín de su cama y lo abracé, lo abracé muy fuerte y abracé a mi madre y Eunice corrió para el altar y sopló las velas y volvió a donde estábamos todas y también nos abrazó. Mi padre estaba con los muchachos en el cuarto de atrás. No sé si escuchó algo porque mi madre hablaba en voz baja y nosotras llorábamos muy bajito. Estábamos allí en el centro del cuarto cuando golpearon en la puerta, pero no nos atrevimos a movernos, volvieron a golpear más duro y entonces mi madre nos dejó un segundo y abrió la puerta. Yo caminé con ella, llevando en brazos a Benjamín que también lloraba bajito porque nos escuchaba a nosotras. Afuera había cuatro hombres y uno me ordenó que trajera una vela. La traje y cuando prendió el fósforo para encenderla sentí que me miró y dijo: ‘A esta Judith sí le da miedo, ¿no?’ era gente conocida pero del otro partido político, criminales con los machetes y algunas armas en la mano. Ellos revisaron las camas, fueron al cuarto de los hombres, los despertaron, los miraron bien. Esperábamos que los mataran y entonces lloramos mucho más. Pero no dijeron nada. Revisaron más, miraron debajo de las camas y salieron sin hablar nada: buscaban a Joaquín Gómez un amigo de mi padre que había dormido allí la noche anterior, desterrado de su casa. Joaquín estaba en una lista y le había llegado la hora. Había cometido el pecado de ser del mismo parido político de su familia. Era un hombre sano y tenía su casa y una tienda frente a la casa de nosotros y se salvó porque esa noche había dormido entre el horno de hacer la panela. Al día siguiente madrugó y se fue por las montañas para otro sitio, dejando todo, absolutamente todo abandonado: la tierra, la casa, los animales. Se fue con lo que tenía puesto y nunca más pudo regresar a Volcanes.
“Ese es el primer recuerdo porque a partir de ese momento ya no hubo día de paz. Para finalizar esa misma semana mataron a Joel Torres, un niño de diez años que era retardado mental. Al que buscaban era a Leonel, su hermano de trece, pero como no lo encontraron, mataron al bobito. Dijeron que de todas maneras era hijo de un ateo.
“Pasó el tiempo y Benjamín fue creciendo con ese miedo y con ese pavor que uno sentía a toda hora. Cuando tenía unos seis años llegó una tarde a la casa pálido, temblando. Los enemigos lo habían visto jugando y, él que no le hacía mal a nadie porque era un niño, dice que se le vinieron y pensó que lo iban a matar. Pues claro: lo persiguieron con los revólveres en la mano y como era un conejo se les perdió por entre las matas de guadua, saltó a un río, nadó, salió al otro lado y corrió para la casa. Nos dijo que le gritaban que por ser hijo de Elías Cubillos, tarde o temprano iba a morir.
Unas semanas después sentimos que subieron hasta la casa de Everardo Casallas y le golpearon en la puerta unas cuantas veces y como no la abría, la tumbaron. Lo sacaron amarrado con una soga adelante y otra atrás y ellos a caballo. Llegaron con él hasta un barranco al lado del río frente a una finca que se llama El Bosque y allí lo golpearon y lo golpearon hasta que murió y luego lo tiraron por un peñasco. Al día siguiente, Víctor Arias, el mayordomo de esa finca, dijo que cómo le iban a dejar a ese muerto ahí. Entonces volvieron y lo enterraron un poco más abajo, pero vino una tempestad y el río creció y se trajo el cadáver que quedó frente a la finca de nosotros, tapado con la arena de la playa, pero con una pierna afuera, que comenzó a brillar con el sol. Benjamín bajó a mirar qué era el reflejo y volvió impresionado. Casallas era otro buen hombre, propietario —como los demás—, de una bonita finca cafetera.
“Después de Everardo le tocó el turno a Mario Cifuentes. Él había logrado huir y vivía en Tuluá, pero a los dos años resolvió volver a la vereda y llegó en silencio a su finca. Esa tarde vino un niño a lo nuestro y dijo que don Mario iba a dormir allá esa noche y que le prestáramos una escopeta. Recuerdo que le dijimos —como si ya estuviéramos acostumbrados a estas cosas— que después que uno estuviera en la lista, no valía tener todas las armas del mundo. De todas maneras le prestamos la escopeta. Al otro día de mañanita volvió el niño a devolverla y dijo: ‘A don Mario lo mataron y ni siquiera pudo tocarla. Estaba en el corredor y llegaron ‘ellos’ a que les diera candela para prender sus cigarrillos, cuando él intentó sacar los fósforos, lo mataron a balazos.’
“Así fueron cayendo, uno a uno, los hombres más trabajadores de la vereda. Los que tenían las fincas cafeteras más bonitas, los que eran del partido nuestro. Cuando no los asesinaban en las fincas durante las horas de la noche, los mataban en el pueblo el día domingo. Para nosotras era entonces corriente salir de misa y encontrar un cadáver en la plaza… No se me olvida la muerte de Juan Porras, porque nosotros la vimos en compañía de Benjamín que se impresionó mucho y se puso a llorar: veníamos de la iglesia y vimos que un que un hombre cruzaba corriendo y tres lo perseguían. Era Juan que ya iba herido de un balazo bajito en el estómago y no hallaba dónde esconderse. Entonces vio libre la puerta del bar del padre Nelson Guerrero García, el cura párroco, y allí se metió. El padre García en persona fue, pero no a protegerlo sino a hacerlo salir de allá. El hombre dijo entonces: ‘Ay, Virgen del Carmen, favoréceme’ y los otros le dijeron: ‘Aquí es donde te vas a favorecer, ateo’, y lo sacaron a patadas, lo arrastraron para el centro de la plaza y lo picaron con un machete. Benjamín me dijo después que nunca en su vida pudo olvidar aquella escena. Aquella y aquellas, porque fueron muchas.
“Mi padre tenía entonces dos fincas y resolvió vender porque nosotras ya éramos señoritas y él vivía muy angustiado por el peligro que corrían las mujeres. Eso y el clima de tensión, de zozobra, lo habían aburrido y con mi madre tomaron la decisión de irnos de allí. En esos años, los únicos que compraban tierras, baratas, regaladas desde luego, porque ese era el negocio, eran los del otro partido. Y no había nada que hacer: morir o venderles. Entonces le salió comprador rápido, un tal Epistasio Restrepo, quien le ofreció diez mil (la finca valía diez veces más) y le pagó tres mil, quedando el resto para saldarlo quince días después.
“Mi padre nos dijo que con ocho mil compraba una casita en otro lado y algo nos poníamos a hacer, pero que era urgente salirnos de allá. Pasaron unos días y cuando se acercaba la fecha de cobrar la plata restante, fíjese bien, vinieron a avisarnos que había fiesta en casa de los “Z”, que eran los cabecillas de la gente que asesinaba y desterraba. La primera reacción fue no ir… pero si no íbamos, también era malo. Esa noche mi padre soñó que estaba nadando en una laguna y que se había ahogado. Por la mañana, día de la fiesta, me contó el sueño y le dije: ‘Papacito, eso significa muerte.’ Estábamos en eso cuando llegaron varios caballos bien ensillados que mandaban los “Z” y tuvimos que irnos. Una vez allá, mi madre y nosotras no dejamos que mi padre bebiera, a pesar de que había mucho trago, mucha comida, música. Los músicos eran parientes del dueño de la casa: Celio, don Manuel y Moncho… La fiesta había comenzado a las tres de la tarde de un jueves y como a las cuatro de la mañana del viernes mi padre empezó a tomar y a las seis nos dijo que viniéramos con mi madre. Él se trepó en las ancas del caballo de uno de los “Z” y se bajó para el pueblo. Permaneció bebiendo con ellos todo el sábado y ya bien tarde mandó la carne de la semana con Noel y Benjamín que habían bajado, y siguió bebiendo. A las siete de la noche, Héctor Tangarife, mi padrino, lo vio con ‘ellos’ en una cantina y lo sacó. Se lo llevó para su casa, pero como a las cuatro de la mañana lo buscaron y se lo llevaron a seguir bebiendo. La verdad es que, ya amaneciendo el domingo, una señora que vivía frente a la cantina oyó por la ventana, la voz de mi padre que decía: ‘Por favor, yo les pido que si me van a matar me maten aquí mismo pero no me vayan a botar al río. Quiero que mis hijos me vean una vez más, aunque sea muerto.’ La señora dice que lo vio salir unos segundos después con la mano en el pecho. La otra la puso sobre una piedra untada de sangre y dijo: ‘Lo mataron’. Mi viejo estaba ahí cuando pasaron los hijos de don Joaquín Sarta, unos niños, y le dijeron: ‘Don Elías, venga lo ayudamos porque usted está muy borracho.’ Él levantó una mano para dársela y vieron que le salía un chorro de sangre del pecho. Fue una puñalada en el corazón.
“Nos avisaron y llegamos con Benjamín, que se transformó totalmente. Parecía otro niño allí parado frente al cadáver de mi papá. Alguien corrió a buscar al padre Nelson Guerrero García, el mismo cura párroco que llegaba a la finca con frecuencia y le entregaba a mi padre una tarjeta escrita por él mismo, donde decía que Elías Cubillos era padrino del Sagrado Corazón y de la Santísima Virgen. Cuando mi padre leía la tarjeta, mandaba traer un caballo y lo cargaba con café, fríjol, maíz, quesos, huevos, pollos. Algunas veces el padre Guerrero se venía con dos caballos bien cargados. Pero ese día que murió, ya no era padrino del Sagrado Corazón de Jesús ni de la Virgen María del pueblo. El padre Guerrero le dijo a quien había ido a avisarle que Elías Cubillos necesitaba los Santos Óleos: ‘A ese ateo no se le suministra nada.’ (El padre Guerrero también era del otro partido político).
“A los tres días por fin dieron permiso las autoridades y lo enterramos pero en Tuluá, bien lejos del pueblo, porque allá los familiares no corríamos peligro y los amigos podían ir al cementerio. Es que a uno lo mataban y ni siquiera tenía paz el día del entierro.
“A mi papá lo enterraron al tiempo con don Antonio Moreno a quien asesinaron a las once de la mañana del mismo domingo en el pueblo. Moreno era vecino de nosotros y vivía en la finca de su suegro, don Custodio Quiceno, que a su vez había sido asesinado unos meses atrás.
“Ese año se vino una cosecha de café muy grande y no había quien saliera al campo a recogerla; entonces venían los del otro lado y se llevaban, obligados, con revólver en la espalda, a los hermanos mayores para que ellos cogieran el café en las fincas de los muertos y de los que habían huido:
“Comenzaron por la de don Antonio Moreno, pasaron a la de doña Rosario Sánchez, viuda de marido asesinado, que se había ido detrás de sus hijos porque los hicieron huir. Esa finca pasó a manos de uno de los que mató a su esposo y ahuyentó a sus hijos… Después pasaron a trabajar a la finca de don Juan Marín que huyó también y que lo amenazaron, se quedaron no sólo con el café sino con las tierras. Don Juan no pudo volver por allá.
“Durante esa cosecha hicieron trabajar muy duro a mis hermanos y cuando acabaron les dijeron que agradecieran hijos de… que les perdonaban la vida. Se llevaron el café para el pueblo y lo vendieron caro, porque ese año subieron mucho los precios. Fue lo que llaman una ‘bonanza’. Pero esa bonanza de los precios fue lo peor porque la pagamos con más sangre.”
—¿Cómo?
—Pues al subir los precios del café, las tierras suben también de precio y son más apetecidas y entonces había que matar campesinos para tener más tierras y coger más café para ganar más plata. ¿Me entiende? Eso era lo que llamaban bonanza cafetera,
“Muerto mi padre y perseguidos mis hermanos, había que salir de allí y abandonamos la finca. El que la compró se quedó con ella sin firmar nada… Mire: el único papel que se firmó en ese negocio fue el acta de defunción de mi padre.
“¿Para dónde cogíamos? Ese era el problema de todos. Para la ciudad. Para Tuluá a la casa de Efraín Bernal, un señor que también había perdido sus tierras en Volcanes, porque lo desterraron una noche. Allí nos acomodamos todos en una pieza, pero la situación era muy difícil porque mis hermanos no sabían hacer nada en la ciudad: estaban acostumbrados a mandar y a dirigir a los trabajadores de la finca.
“Eso nos obligó a volvernos, esta vez para Las Nieves, la segunda finca, pero unos días después de llegar, Eunice, mi hermana, que era casada con uno de los del otro lado, nos mandó a avisar que huyéramos porque esa noche iban a venir a matarnos. Cuando llegó la razón, cada uno cogió el poquito de ropa que pudo y salimos a escondernos en los cafetales. Yo estaba esperando a mi primera hija y allá amanecimos. Esa noche escuchamos la balacera y por la mañana, Oliva, mi cuñada, se fue y llamó al ejército. Vino una patrulla bien armada y nos escoltaron hasta el pueblo. De ahí nos repartimos para diferentes ciudades. Se desbandó la familia por grupos, pues cada cual buscaba un pariente, un amigo, un vecino que viviera lejos para irse detrás. Yo me llevé a Benjamín que debía tener entonces unos doce años.
“Mi madre, sin esposo, sin los hijos, sin nada, materialmente sin nada, enfermó. Los médicos la veían y no le encontraban nada: era la pena moral que la estaba acabando poco a poco, hasta que la mató.
“Ese tiempo vivimos con dinero que nos prestaba Víctor Arias, el cuñado, que es del otro partido. Él se debió cansar de prestarnos plata y dijo que la única solución era que le vendiéramos la finca. Y se la vendimos por mucho menos de lo que valía. Pero cuando se hizo el negocio ya era suya por lo que le debíamos. Quedaba un saldo y nos firmó letras de 1.800 pesos. A los pocos días le vendí la mías a él mismo por 500. Necesitaba dinero de verdad.
“Después de esto vino la desbandada para estas selvas donde hoy vivimos la mayoría de nosotros… Yo no sé… Benjamín fue un rebelde por todo esto que le tocó vivir. Es que, fíjese que desde pequeño sufrió mucho y padeció mucho la política. Entonces creció con un odio terrible por todo lo que fuera injusticia, por todo lo que fuera atropellar a los demás. Yo creo que era un hombre bueno. Sí. ¡Mi hermano era un hombre bueno!”
lunes, 18 de mayo de 2009
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1 comentario:
Un abrazo desde Quito!!!
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