
No soy el único que cree con fe ciega... este antecedente (revista Número 38) da fuerza a la propuesta
Cali, agosto del 2003
¿Reelegir a Álvaro Uribe? Yo tengo una propuesta mucho más en consonancia con el sentir del pueblo y de los redactores de Semana: canonicémoslo. Él mismo admite sin ambages que es un santo varón, un mártir del trabajo, un héroe del bien común, un salvador de sus compatriotas dispuesto a cualquier sacrificio. Su piedad es evidente: se dice, y él no lo desmiente, que le reza a la Virgen del Carmen todas las noches antes de acostarse, que es devoto de María Auxiliadora y que se siente inspirado por el Espíritu Santo. Hasta ahora no se ha autodenominado Mesías, a pesar de las nubes de incienso que le lanzan los entrevistadores, pero si dejara de lado la modestia no es difícil imaginar que por lo menos se proclamaría «prácticamente perfecto en todos los sentidos», como Mary Poppins, aquella nana sin par exaltada por Walt Disney. Por supuesto, no faltará quien diga que la idea de la canonización es un despropósito, una propuesta todavía más prematura que la de la reelección del presidente, a menos de un año de comenzado su primer mandato. Después de todo, hasta ahora el Vaticano no ha elevado a los altares a nadie antes de su muerte. Precisamente, digo yo, en este nuevo milenio ha llegado el momento de innovar, y en vez de presentar para la devoción popular un daguerrotipo desteñido de alguna oscura monja, les daríamos a los fieles la oportunidad de rezarle a un ser de carne y hueso, con todo el beneficio de las transmisiones en vivo. Imagínense las posibilidades. En vez de aspirar a acostarse en su cama para pedirle una gracia, como los devotos de la madre Laura (cosa que además ahora prohibieron las autoridades eclesiásticas), cada colombiano y colombiana que lo solicitara a presidencia por internet podría recibir, a un costo irrisorio, un pedacito de las múltiples ruanas y muleras que han abrazado el cuerpo del presidente, quien las luce a la menor oportunidad. Y al lado de los gobelinos de La última cena que adornan las salas de tantas casas modestas, podríamos colgar una imagen digital del Último Consejo de Ministros.Es cierto que para merecer el título de santo sería necesario, de acuerdo con las reglamentaciones vigentes en la Santa Sede, que nuestro primer mandatario hiciera por lo menos un milagro. Pero para un hombre que supo descubrir en Fernando Londoño las cualidades necesarias para desempeñarse como líder de la justicia en Colombia, nada es imposible. Y ya hasta los mismos ministros se han convertido en taumaturgos. Ahí está el de Protección Social, que claramente manifestó que en menos de un año se habían creado un millón cuatrocientos mil nuevos empleos en el país. Vivir para ver, y oír.Por otra parte, no es difícil pensar en qué tipo de prodigios pedirle a san Álvaro; milagros es lo que estamos necesitando. Podríamos, por ejemplo, rogarle que tape el hueco fiscal sin emisiones abiertas ni camufladas; que irradie luces que hagan comprensible para todos los ciudadanos y ciudadanas cada uno de los artículos del referendo; que vuelva humilde al superministro; que convierta el glifosato en abono para la tierra y en medicina para los asmáticos. Pero tal vez lo más urgente sería que lograra que el arroz y la yuca fueran clasificados como antibióticos o como variedades de Viagra, ya que los medicamentos son casi lo único que todavía no ha sido gravado con el IVA.Podría llegar a pensarse, incluso, que más que canonizar al presidente Uribe deberíamos declararlo de naturaleza divina, como hacían los egipcios con sus faraones, o por lo menos descendiente directo de la deidad. Atributos no le faltan. Para comenzar, está en todas partes, desde Arauca hasta Cartagena, desde Pasto hasta Vichada. Además, el presidente todo lo ve y todo lo dispone; ni el más pequeño detalle de una emisión de Señal Colombia se escapa a su celo. Pero tal vez proponer la apoteosis del presidente puede resultar una pequeña exageración. Tenemos que conformarnos con canonizarlo.
Gabriela Castellanos
Cali, agosto del 2003
¿Reelegir a Álvaro Uribe? Yo tengo una propuesta mucho más en consonancia con el sentir del pueblo y de los redactores de Semana: canonicémoslo. Él mismo admite sin ambages que es un santo varón, un mártir del trabajo, un héroe del bien común, un salvador de sus compatriotas dispuesto a cualquier sacrificio. Su piedad es evidente: se dice, y él no lo desmiente, que le reza a la Virgen del Carmen todas las noches antes de acostarse, que es devoto de María Auxiliadora y que se siente inspirado por el Espíritu Santo. Hasta ahora no se ha autodenominado Mesías, a pesar de las nubes de incienso que le lanzan los entrevistadores, pero si dejara de lado la modestia no es difícil imaginar que por lo menos se proclamaría «prácticamente perfecto en todos los sentidos», como Mary Poppins, aquella nana sin par exaltada por Walt Disney. Por supuesto, no faltará quien diga que la idea de la canonización es un despropósito, una propuesta todavía más prematura que la de la reelección del presidente, a menos de un año de comenzado su primer mandato. Después de todo, hasta ahora el Vaticano no ha elevado a los altares a nadie antes de su muerte. Precisamente, digo yo, en este nuevo milenio ha llegado el momento de innovar, y en vez de presentar para la devoción popular un daguerrotipo desteñido de alguna oscura monja, les daríamos a los fieles la oportunidad de rezarle a un ser de carne y hueso, con todo el beneficio de las transmisiones en vivo. Imagínense las posibilidades. En vez de aspirar a acostarse en su cama para pedirle una gracia, como los devotos de la madre Laura (cosa que además ahora prohibieron las autoridades eclesiásticas), cada colombiano y colombiana que lo solicitara a presidencia por internet podría recibir, a un costo irrisorio, un pedacito de las múltiples ruanas y muleras que han abrazado el cuerpo del presidente, quien las luce a la menor oportunidad. Y al lado de los gobelinos de La última cena que adornan las salas de tantas casas modestas, podríamos colgar una imagen digital del Último Consejo de Ministros.Es cierto que para merecer el título de santo sería necesario, de acuerdo con las reglamentaciones vigentes en la Santa Sede, que nuestro primer mandatario hiciera por lo menos un milagro. Pero para un hombre que supo descubrir en Fernando Londoño las cualidades necesarias para desempeñarse como líder de la justicia en Colombia, nada es imposible. Y ya hasta los mismos ministros se han convertido en taumaturgos. Ahí está el de Protección Social, que claramente manifestó que en menos de un año se habían creado un millón cuatrocientos mil nuevos empleos en el país. Vivir para ver, y oír.Por otra parte, no es difícil pensar en qué tipo de prodigios pedirle a san Álvaro; milagros es lo que estamos necesitando. Podríamos, por ejemplo, rogarle que tape el hueco fiscal sin emisiones abiertas ni camufladas; que irradie luces que hagan comprensible para todos los ciudadanos y ciudadanas cada uno de los artículos del referendo; que vuelva humilde al superministro; que convierta el glifosato en abono para la tierra y en medicina para los asmáticos. Pero tal vez lo más urgente sería que lograra que el arroz y la yuca fueran clasificados como antibióticos o como variedades de Viagra, ya que los medicamentos son casi lo único que todavía no ha sido gravado con el IVA.Podría llegar a pensarse, incluso, que más que canonizar al presidente Uribe deberíamos declararlo de naturaleza divina, como hacían los egipcios con sus faraones, o por lo menos descendiente directo de la deidad. Atributos no le faltan. Para comenzar, está en todas partes, desde Arauca hasta Cartagena, desde Pasto hasta Vichada. Además, el presidente todo lo ve y todo lo dispone; ni el más pequeño detalle de una emisión de Señal Colombia se escapa a su celo. Pero tal vez proponer la apoteosis del presidente puede resultar una pequeña exageración. Tenemos que conformarnos con canonizarlo.
Gabriela Castellanos
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